Dir. César González
Reventarse sin vacilación, como se pueda, hasta el final y sin ninguna conmiseración; filmar esa convicción de obstinados por mirar de frente a la nada sin el atenuante de la lástima y hallar un equilibrio entre lo hermoso y lo incómodo. Así concibe y escenifica González la experiencia de su joven protagonista que, recostada en su cama, espera por algunas pastillas más por tragar, un trago más por beber y un cigarrillo de yapa mientras la visitan respectivamente dos amigas, su madre y otras entidades que pueden o no ser humanas o imaginarias. La predilección por planos en picado y en contrapicado, a la que se suma un minucioso trabajo sonoro sostenido por graves intermitentes y ritmos sincopados, pronuncian el desequilibrio psíquico de la protagonista, estado anímico que no le resta lucidez: “La muerte no es una imagen”, dice, aforismo que solamente puede pronunciar un desesperado. (Roger Koza)