21 de abril de 2026 FICIC

EL DE LA BUTACA DE AL LADO

“Toda palabra es una palabra de más”; la aseveración de aquel escritor rumano llamado Cioran puede reversionarse hoy y aplicarse a las imágenes: toda imagen es una imagen de más. ¿Cuál es la palabra que no está de más? ¿Cuál es la imagen que no existe para su inmediata sustitución y disolución? ¿De qué hablar? ¿Qué filmar? ¿Cómo filmar? ¿Cómo hablar? Esto último recibe de inmediato una respuesta necesaria: no hablar a los gritos, menos todavía hablar para faltar a la verdad. Para los que filman, la respuesta será también inmediata: como se pueda, del mejor modo posible, sin ceder ante un poder que prefiere las imágenes sin alma ni ideas y cuyo imaginario se suele plasmar con el auxilio de la inteligencia artificial. Frente al qué del cine y de la escritura o la toma de la palabra en público, hay algo que se impone, un riesgo cierto que avanza y menosprecia la experiencia de pensar y la de estar junto a otros. Nada es más imperativo que cuidar lo común; nada resulta más urgente que insistir en la decencia fundamental de toda persona.

En una conferencia, el cineasta Víctor Erice indica una cierta incomodidad suya frente al concepto de espectador. Que se hable de “consumidores de cine” debería resultar, sin necesidad de esclarecerlo, alarmante, pero pensarse incluso como espectadores es —según su parecer— inapropiado o inexacto. ¿Qué quiere decir el maestro? Si las palabras están al servicio de intensificar la experiencia, conviene entonces pensar por qué se elige tal sustantivo y no otro frente a una forma de ver una película. Erice emplea un término extraño: prójimo. El que va al cine es el prójimo.

El prójimo no es un individuo aislado, ajeno y abstracto, tampoco un consumidor, menos todavía un cliente. El concepto de prójimo implica un lejano que puede ser un cercano. ¿No es exactamente lo que sucede cuando una película revela un misterio de la vida humana e incluso inhumana? La vida de alguien que jamás hubiéramos imaginado cercana, incluso interesante, se vuelve digna de atención; algo se aprende, algo se comprende, y eso sucede en simultáneo con otros presentes en la oscuridad que son tan distintos como los que viven por dos horas en el encuadre. El acceso a una experiencia desconocida y esencialmente otra constituye el gran enigma del cine. Pasa con la literatura, pasa con el cine: un punto de percepción inconmensurable se integra momentáneamente a la conciencia. El lejano se vuelve próximo, el extraño, un semejante, un prójimo. La conciencia es para sí distinta respecto de sí por un lapso de dos horas. Algo de esa visita a la otredad permanece.

Un festival propone un caleidoscopio de encuentros con los lejanos. Nosotros hemos trabajado para que así sea. En este sentido, bastaría ver Las muertes de Chantyorinti para asir lo que se ha dicho hasta acá: en menos de 80 minutos, lo que uno cree saber sobre la realidad, el afecto, la vida y la muerte queda suspendido en un deslumbramiento frente a un mundo con otras reglas.

¿Qué más habría para decir? En esta edición, repetiremos la instancia del jurado abierto, una práctica democrática y pública de empleo de la razón en la que los miembros de un jurado elegidos con el mismo esmero que el dedicado a las películas intentarán razonar estéticamente en torno a las cinco películas de la competencia y entrever juntos cuál sería el título para destacar especialmente. No se trata de buscar un ganador, sí de reconocer un film que pueda hablar por todos y abrir en nombre de todo lo visto una hipótesis sobre qué es el cine en el año 2026. Este tipo de práctica discursiva está en las antípodas de los alaridos y parloteos del Congreso de la Nación, de los programas de actualidad social y política y de tantos otros ejercicios discursivos en donde la agresión, la imposición y la banalidad, en suma, la indigencia ética e intelectual, sustituyen a las inferencias legítimas sostenidas en el pensamiento riguroso y complejo, enmarcadas por la buena voluntad y el genuino afán por lograr claridad y justicia. El día de la deliberación abierta no es un día entre otros. Hay en ese procedimiento de decisión una pedagogía indirecta —en un ida y vuelta entre múltiples mentes pensando juntas— que atañe al cine y su ostensible relación con el conocimiento. Es el día en que el festival puede hacer visible los hilos secretos de su propuesta ante el prójimo.

En este 2026, además, cumplimos 15 años de existencia. No es mucho, no es poco: no somos los mismos de hace unos años, ustedes tampoco, pero en esta década y media nos hemos acompañado y juntos hemos aprendido cosas y sabemos que volveremos a intentarlo. Nada dignifica tanto al prójimo que se sienta a nuestro lado y a nosotros, que somos a su vez su prójimo, como saber que mañana no seremos los mismos y que así será porque habremos aprendido algo más al transitar las vidas de los otros, vistas en una pantalla blanca. Los prójimos, los próximos, nosotros, eso que reconocemos en silencio y en la oscuridad.

Roger Koza
Director artístico

Cosquín Film Fest

FICIC

El Festival Internacional de Cine Independiente de Cosquín, es un festival de cine independiente nacional e internacional que se realiza en la ciudad de Cosquín, Argentina.

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